El País renueva diseño (y hasta nombre)

20 de November de 2006

El país.comDespués del grave error que cometió hace ahora cuatro años cuando decidió cerrar sus contenidos y apostar por las noticias de pago -¿a quién se le ocurriría poner puertas al mar?- y que nos llevó a muchos lectores habituales a cambiar de medio de referencia en Internet, El País acomete una serie de cambios que van justo en sentido contrario a la idea que pusieron en marcha entonces.

Lo más llamativo sin duda es el paso a los 1024 pixeles, algo que ya hicieron en su momento Abc, El Mundo, Marca o 20 minutos entre otros, y apuesta como los anteriores por un menú de navegación horizontal y bastante más simplificado que el anterior. Esto en cuanto al aspecto visual, pero más llamativo aún es su intención de realizar un medio más participativo, dando posibilidad a los lectores de comentar, valorar, etc. las noticias, algo que pese a todo no es nuevo en Internet.

Curiosa también la iniciativa del cambio de nombre con el paso del punto es al punto com, quizás haciendo un guiño a los lectores de fuera de España, aunque esto tampoco supondrá para los lectores habituales un cambio considerable.

Me ha llamado la atención, aunque no me ha funcionado en ningún caso, la inclusión de enlaces en los artículos que según parece permitirá saltar a otras informaciones de interés, publicadas en ELPAIS.com o en otros medios, -veremos si en esto hay sectarismo o no- porque así, de primeras no me creo que vayan a enlazar en demasiadas ocasiones a El Mundo o Libertad Digital por poner un par de ejemplos.

Me gusta el diseño, creo que ha mejorado notablemente, ahora falta que verdaderamente cuaje. ¿Cuál será el próximo paso de El Mundo? Seguro que no tardan demasiado.

Pérez Reverte y los guías del Monasterio del Escorial

Curioso lo que le ha ocurrido a Arturo Pérez-Reverte cuando visitaba junto a unos amigos el Monasterio de San Lorenzo del Escorial.

[…] Y estando en eso, en la cripta, justo cuando les explicaba que a un lado están los reyes y a otro las reinas que fueron madres de reyes, incluida la única reina varón –Francisco de Asís de Borbón, a quien con mucho esfuerzo de voluntad suponemos padre del rey Alfonso XII–, un vigilante jurado se acercó a preguntarme si tenía carnet o tarjeta de guía. Le dije, sorprendido, que no tenía nada que me acreditase como parte de tan respetable gremio, y el hombre –algo incómodo, todo hay que decirlo– me dijo que en tal caso no podía explicar a nadie cosas sobre el monasterio. «Sólo los guías oficiales –añadió– pueden hablar aquí.»

Cuando, a los diez segundos de mirarlo fijamente para asimilar aquello, caí en la cuenta de lo que me estaba diciendo, bajé la voz cuanto pude y le dije, casi al oído, que estaba enseñándoles aquello a mis dos amigos, que ningún guarda jurado podía inmiscuirse en mis conversaciones, y que, como hombre libre que soy, tanto en el Escorial como fuera de él, tenía intención de seguir hablando de lo que me saliera de los cojones. «Es que no puede usted hacerlo», opuso el hombre, ya un poco nervioso. «Claro que puedo –respondí–, a menos que me eche del monasterio o me pegue un tiro.» Y así quedó la cosa. El vigilante se estuvo quieto en su sitio, yo terminé de contar a mis amigos la historia de la cripta, y empezamos a subir las escaleras, de camino a donde están los infantes, reinas sin hijos y demás. Pero me había quedado el ánimo removido, a ver si me entienden. Dicho de otra forma, tenía un cabreo de los que piden sangre. Así que dije a mis amigos que siguieran adelante, que los alcanzaba en un minuto, y volviendo sobre mis pasos me fui derecho al guardia. «Llevo más de veinte años visitando esto y nunca me había ocurrido algo así», dije. Por la cara compungida que puso, me di cuenta en seguida de la situación. «No es cosa suya, ¿verdad?», concluí. Negó con la cabeza. «Es que había una guía detrás de usted mirándome con mala cara», dijo al fin. Entonces caí en la cuenta. «¿Qué pasa? –pregunté–. ¿A los guías no les gusta que un particular les haga la competencia?» El guarda me miraba, confuso. «Son las órdenes que tengo», murmuró. «Pues dígale a quien le dé esas órdenes estúpidas que son anticonstitucionales, porque la palabra es libre», le aclaré. «Y añada además, de mi parte, que se vaya a hacer puñetas.» Al oír aquello sonrió el hombre, al fin, y movió la cabeza. «No puedo decirles eso», respondió. «Tiene usted razón –le dije–. Pero yo sí que puedo.»

Y aquí me tienen ustedes hoy, con su permiso. Pudiendo.

Aquí el artículo completo.

Vía: Menéame.